Bajo la premisa de que el turismo sostenible debe ir ligado a una movilidad sostenible, han surgido las siguientes preguntas en relación a los viajes que hacemos en avión: ¿se puede volar en exceso? Si es así, ¿dónde está el límite a partir del cual consideraríamos que alguien vuela en exceso? Sin pretender responder a estas preguntas, en el resto del post daremos una pequeña vuelta en torno a ellas.

Para poder orientarnos conviene considerar el impacto ambiental de los desplazamientos asociados al turismo. Hay muchos datos que respaldan que éste es elevado (por ejemplo, se calcula que al menos el 40% de las emisiones de CO2 asociadas al turismo se deben a los desplazamientos en avión (1)) y que durante los próximos años continuará creciendo el número global de pasajeros (2). Hay una serie de factores que explican el hecho de que viajar en avión haya dejado de ser considerado por las clases medias un evento extraordinario: la expansión de las redes de familiares y amigos, el aumento del número de posibles destinos turísticos y, tal vez por encima de todo, el abaratamiento en los precios de los billetes que conllevó la aparición de aerolíneas de bajo coste (una de las formas que ha generado el capitalismo para fomentar el hiperconsumo, ofreciendo al turista una atractiva idea de libertad) (3).

Cada vez es mayor el número de personas que viajan por el mundo con el propósito de convertirse en entendidos y coleccionistas de lugares, y presumir de conocer de primera mano “buenas playas, discotecas, paseos, montañas, vistas, comida, edificios y monumentos emblemáticos, etc.” (3). Se ha llegado a acuñar el término “turismo de trofeos” para describir la tendencia de ciertos turistas de ir marcando destinos en una lista mental, tras haberlos visitado solamente durante unos pocos días (4,5). De hecho, actualmente existe un gran número de aplicaciones que permiten a los usuarios crear y compartir mapas donde pueden señalar los lugares que han visitado.

Los beneficios psicológicos asociados a las experiencias turísticas son varios: sensación de evasión, placer y relax aguzados, desinhibición del comportamiento, etc. Los viajes también pueden proporcionar un marco adecuado para la búsqueda de la identidad personal y del sentido de la vida (6,7). Incluso el hecho de planificar y preparar unas vacaciones (el periodo de anticipación) puede proporcionar una gratificación personal (8). También es frecuente que tras unas vacaciones se experimenten bajadas del estado de ánimo, que a su vez incentivan a planear el siguiente viaje (8).

Estas características han llevado a algunos autores a considerar que viajar en avión de forma excesiva cumple los criterios básicos que se han establecido para considerar un comportamiento como adictivo (9,10). Aunque, a diferencia de otras adicciones de este tipo, que se caracterizan por presentar consecuencias negativas directas para el individuo, el resultado destructivo atribuible a los viajes excesivos es su contribución creciente al cambio climático (10).

En la conciencia de algunos sectores poblacionales ha surgido una tensión entre el beneficio personal a corto plazo que produce volar y el impacto a largo plazo que tiene sobre el cambio climático. Este conflicto ha sido bautizado como el “dilema del pasajero” (flyers’ dilemma) (10). En los casos en que se presenta este dilema se suele acompañar de otras características propias de los comportamientos adictivos: patrones de negación y supresión de la culpa y fracasos al intentar modificar el comportamiento (11).

Suponiendo que quisiéramos y pudiéramos sustituir el modelo de vacaciones cortas y frecuentes basadas en viajes aéreos por otro de menor huella ecológica, ¿hacia dónde podríamos virar? Podemos destacar el movimiento slow travel, surgido como una variante del slow food (un movimiento que nació en Italia en los años 80 como reacción a la popularidad que estaba adquiriendo la comida rápida) que rechaza el transporte aéreo y en coche en favor de formas de moverse más respetuosas con el medio ambiente. El slow travel aboga por elegir un único destino y permanecer en él en lugar de visitar muchos lugares en poco tiempo. La idea no es simplemente visitar un lugar, sino conocerlo, integrarse en él, mediante el contacto con los habitantes del lugar, formando parte de sus costumbres, apreciando la gastronomía, el folklore, etcétera, locales (12).

En el verano de 2008, como consecuencia de la crisis financiera y económica, mucha gente decidió pasar sus vacaciones en casa, en lugar de ir al extranjero como solían hacer. Esta tendencia recibió mucha atención por parte de los medios de comunicación estadounidenses, llegando a bautizar a esta forma doméstica de asueto con el nombre de staycation. Mientras que para algunas personas el hecho de no viajar resulta un sucedáneo barato de las “auténticas vacaciones”, otras lo ven como una oportunidad para disfrutar de las actividades locales, descubrir la naturaleza y los paisajes de su propio país que, al mismo tiempo, resulta menos contaminante que el turismo “de largas distancias” (13). Algunos de los beneficios personales asociados al turismo convencional (placer, evasión, relax…) también pueden obtenerse mediante actividades de ocio que podemos realizar cerca de nuestro lugar de residencia, convirtiéndonos así en turistas en nuestra propia tierra (14). Y para ello no hace falta esperar a la quincena o al mes que solemos tener de vacaciones…

 
1: Gössling, Stefan, and Paul Peeters. “‘It does not harm the environment!’An analysis of industry discourses on tourism, air travel and the environment.” Journal of Sustainable Tourism 15.4 (2007): 402-417.
2: IATA (International Air Transport Association). “Airlines Expect 31% Rise in Passenger Demand by 2017.” IATA press release No.: 67 (2013). Disponible en: http://www.iata.org/pressroom/pr/pages/2013-12-10-01.aspx
3: Urry, John. “Sociology and climate change.” The Sociological Review 57.s2 (2009): 84-100.
4: Burns, Peter M., and Yana Figurova. “Tribal tourism ‘Cannibal Tours’.” Niche tourism: Contemporary issues, trends and cases (2005): 101.
5: Randles, Sally, and Sarah Mander. “Aviation, consumption and the climate change debate:‘Are you going to tell me off for flying?’.” Technology analysis & strategic management 21.1 (2009): 93-113.
6: Ryan, Chris. “Ways of conceptualising the tourist experience: a review of literature.” Tourist experience: Contemporary perspectives (2011): 9-20.
7: Cary, Stephanie Hom. “The tourist moment.” Annals of Tourism Research 31.1 (2004): 61-77.
8: Randles, S., and S. Mander. “Practice (s) and ratchet (s): A sociological examination of frequent flying. Chapter 11, 245-271.” Gössling, S, & Upham, P.,(2009). Climate Change and Aviation: Issues Challenges and Solutions. London: Earthscan Limited (2009).
9: Hill, Amelia. “Travel: the new tobacco.” The Observer 6 (2007). Disponible en: http://www.theguardian.com/travel/2007/may/06/travelnews.climatechange
10: Rosenthal, Elisabeth. “Can We Kick Our Addiction to Flying?.” The Guardian (2010). Disponible en: http://www.theguardian.com/environment/2010/may/24/kick-addiction-flying
11: Cohen, Scott A., James ES Higham, and Christina T. Cavaliere. “Binge flying: Behavioural addiction and climate change.” Annals of Tourism Research 38.3 (2011): 1070-1089.
12: Fernández, June. 18/03/2007. “Slow travel: viajar sin prisa”. EROSKI Consumer (2007). Disponible en: http://www.consumer.es/web/es/viajes/ideas_y_consejos/2007/03/12/160657.php
13: Caletrío, Javier. “Simple living and tourism in times of ‘austerity’.” Current Issues in Tourism 15.3 (2012): 275-279.
14: Csikszentmihalyi, Mihaly. Finding flow: The psychology of engagement with everyday life. Basic Books, 1997.