A veces uno tiene la suerte de aterrizar en otra cultura. Descubrir desde la gente el  día a día de los momentos y de las vidas.  Hay un momento de revelación que llega cuando uno deja de comparar entre qué es mejor o qué es peor,  y pasa a buscar lo que es distinto y original.  Uno deja de estar fuera de una pantalla para meterse adentro donde reside la acción. De repente se encuentra uno cantando canciones de navidad en alemán en una iglesia en mitad de un pueblo del que pocos han escuchado hablar.

Compartiendo regalos en una familia distinta en una vida que fue de otro.  Tirar petardos y cohetes en una montaña cercana con vistas al pueblo donde parece que todos sus habitantes tenían cohetes que lanzar. La luna que brilla, el pueblo  parpadea en tu totalidad con luces multicolores y el frío que duele en las manos. Tomando prestada la vida de otros. Vidas robadas apiladas en una misma bajo la etiqueta de experiencias.

Olor de madera recién cortada, hojas de árboles que cubren el suelo, la tierra en las manos y el calor de la leña en la hoguera.  Sonriendo por no saber hablar, sonriendo por no entender, sonriendo a la sonrisa de vuelta, sonriendo a la experiencia, a la suerte de poder compartir momentos…  Momentos efímeros que tendrán que terminar. Y con la apreciación de todo lo que se acaba y, que no se sabe cuándo volverán, llega la claridad. El entender la banalidad de los problemas que nos rodean, esos que nos roban la sonrisa día a día, haciendo del paraíso nuestra cárcel de emoción por no entender que esa vida (la nuestra) puede ser completada con pedacitos de las vidas de los otros.  Y que nuestra vida nunca fue realmente nuestra y, que sólo es vida si la compartimos con los demás…

Viaja, experimenta, comparte… vive.